
¿Llamativo, verdad? A mí me encanta. Estéticamente, es precioso. Su madera, su imperfección y colores, dan vida a un juguete muy completo.
Se podría decir que es el símbolo de la pedagogía Waldorf, un juguete poco definido, que no coarta la imaginación del pequeño, hecho de forma artesanal y que le puede acompañar por muchísimos años.
Los colores, las formas, los tamaños, arriba-abajo, encima-debajo, estimulación sensorial, coordinación, manipulación, destrezas... Muchas oportunidades de experimentar y conocer a través de un sólo material de juego.
Martín lo ha descubierto hace poquito y le da tantos usos como su imaginación alcance en este momento. Ahora que una de sus pasiones son los coches, lo utiliza como puente, trampolín, circuito pero también está en la fase de apilar y poner uno sobre otro a su amor.

Más adelante, si sigue interesado en él, podrá trabajar conceptos más complejos, como el equilibrio, irá aplicando la lógica en sus construcciones y podrá utilizarlo en el juego simbólico, dándole vida para imitar y reproducir todo aquello que le apetezca.
Este arcoiris lo compré en una tienda local llamada
Masmama, un rinconcito precioso dirigido a los más pequeños de casa.