Mamá, no grites
Con esas me vino Martín el tercer día de gripe conjunta en casa. Cuando lo único que necesitaba era meterme en la cama, calentita. Disfrutarla en toda su extensión, acurrucarme en otras ocasiones y un poco de silencio para el dolor de cabeza.
Hace unos días, una amiga compartió en facebook un artículo que comenzaba así "hoy, todo lo que tenía que hacer, lo he hecho". Aquella semana de gripe, hice todo lo que tenía que hacer: atender a mis pequeños, cogerlos, mimarlos, abrazarlos. No había cosa más importante que eso. El resto de casa y tareas, podía esperar. Pero yo también caí enferma y entonces comprobé lo importante que es tener salud o cuidarse cuando no la tienes.
Para cuidar a los demás, tengo que cuidarmeTodo empezó a torcerse cuando el cuarto integrante de este equipo llegó del trabajo enfermo y se acostó. Me ha costado mucho ver esto pero es así. No me molesta que él lo haga. Lo que me enfada es no darme permiso para hacerlo yo, no permitírmelo. Ahora lo veo y aún así, me cuesta conceder este permiso. ¿Por qué a las madres nos suele costar tanto?
Entonces me sentí como el Monstruo de color rojo y así llegó el grito a Martín que entrelíneas lo único que quería decir era "no puedo más, necesito atenderme". Y es que para poder atenderlos serenamente, observando, acompañando, cuidando, ofreciendo, es necesario no olvidarse de una misma.
Esto implica dejar muchas cosas atrás: prejuicios y roles, por ejemplo. Y comenzar a delegar, a soltar, a escuchar nuestras necesidades como persona y sobre todo, a pedir. Sí, a pedir. Pedir al compañero de equipo, a la familia, amigos, vecinos, profesionales. Con ellos compartimos la crianza de los hijos. Qué difícil se nos hace esto, ¿verdad? pero que necesario para nuestra salud mental y en consecuencia, para nuestros pequeños.
Mamá, no grites.Está claro que no le gustó e hice lo que hubiera hecho con cualquier otra persona adulta: pedirle perdón. Los papás también nos equivocamos y siempre podemos volver a atrás para acercarnos. Siempre podemos levantarle la culpa de algo que no le corresponde.
Al acostarnos, esta fue nuestra conversación:
- Perdona, Martín.
- No me gusta que grites.
- Lo sé y lo siento de verdad. Tú no has hecho nada malo. Tú eres un niño y sólo quieres jugar. Pero yo hoy no tenía ganas de jugar. Estoy malita. Solo quería dormir y descansar.
- Pero yo si quiero jugar contigo.
- Ya, lo sé. Mañana, si me encuentro mejor, podemos salir a dar un paseo al sol y nos despejamos un poco.
Lástima que después de ese día eléctrico que tuvo, recayera de nuevo. Y es que quizás, lo que él no supo decirme con palabras era que se encontraba mal y que me necesitaba a escasos centímetros. Su manera de expresarlo fue otra y yo en aquella situación, no pude ver más allá...
Como bien dice otra amiga, hacemos lo que podemos. Yo añado, aprendemos cada día.