Crianza consciente...trabajo personal
Hace unas semanas acudí a una charla introductoria sobre Disciplina Positiva. Educar sin gritos ni castigos, era el lema. La conductora de aquella charla fue Elena Gonzalez, Educadora de Familias certificada en Disciplina Positiva por la Positive Discipline Association. También es mamá de dos peques de edades similares a los míos. Interesante su trayectoria y cómo llegó a conocer esta corriente. Agradable su discurso, su cercanía y su motivación. Y atractivo el debate que sembró entre las familias asistentes y que viene a reflexionar sobre lo difícil que es el ejercicio de poner consciencia en el lenguaje y modo que empleamos al dirigirnos a nuestros hijos. Realmente motivador ver aquel espacio lleno de familias con la inquietud de hacerlo diferente.
Y es que cuestionarse lo que reproducimos y hacemos con nuestros hijos, es el paso más importante. El primero de muchos que le seguirán. Una vez miramos con otros ojos, es difícil desviar la mirada. Sólo necesitamos de herramientas y apoyo para hacerlo diferente.
Pero si hay algo que me hizo reflexionar y que me ha llevado mi tiempo de elaboración, fue la pregunta que lanzó Elena: ¿cómo nos gustaría ver a nuestros hijos dentro de 30 años?
Se me pasaron muchas palabras por la cabeza: éxito, felices, honestos, respetuosos, decididos, etc. Fui desgranando, desgranando hasta dar forma a la esencia de aquellas palabras. Y es que realmente, como me gustaría verles es como adultos con herramientas para la vida, capaces de amarse tal y como son, de reconocerse en sus actos, de mirarse sin avergonzarse, de elegir con miedo o sin él pero elegir, de buscar hasta encontrar o encontrarse. Siendo así podrán estar más cerca de respetar y amar al de al lado, de convivir, de construir.
Y abruma todo esto. Porque esto parte de nosotros, como padres, de sus familiares, de sus educadores, referentes para ellos a lo largo de este camino.
Este trabajo, familias, empieza por nosotros. Nos hace mirarnos, reconocernos, aceptarnos, respetarnos y querernos con todo lo que somos y necesitamos.
Aliviaremos nuestra ira, nuestro enfado y malestar. Y en el camino, nos equivocaremos (muchas veces, porque este camino no tiene fin). Solo somos personas. No somos perfectos. Podemos pedir perdón a nuestros hijos si creemos que no hemos actuado bien, les mostraremos honestidad y se sentirán con el permiso de hacerlo ellos también. Somos sus referentes, sus ejemplos. Aprenden de nosotros.
Sí, la crianza consciente parte de nuestro propio trabajo personal. Ser madres y padres nos da la oportunidad de mirarnos en nuestros hijos, de reconocernos en ellos, de amarnos y amarles como son. Les estaremos ofreciendo lo mejor que lo podemos hacer. Y eso nos hará, hacerlo diferente.
Hace unos días, buscando información en la Red me topé con la publicidad de una formación online del pediatra Carlos González que comenzaba así:
Y en ese camino andamos como padres, con nuestras luces y sombras pero conscientes y disponibles para el reto de educar.
Para una madre de día, este trabajo personal es un sustento fundamental en nuestro día a día pues los pequeños a los que atendemos, necesitan de nuestra serenidad. Sólo así podemos acompañar a los más pequeños observándoles y reconociendo sus emociones, respetándolas y dando el lugar que se merecen, aportando nuestro granito a ellos y a sus familias en la siembra de habilidades para la vida...
Y es que cuestionarse lo que reproducimos y hacemos con nuestros hijos, es el paso más importante. El primero de muchos que le seguirán. Una vez miramos con otros ojos, es difícil desviar la mirada. Sólo necesitamos de herramientas y apoyo para hacerlo diferente.
Trabajo personal como herramienta para acompañar a nuestros pequeños
Pero si hay algo que me hizo reflexionar y que me ha llevado mi tiempo de elaboración, fue la pregunta que lanzó Elena: ¿cómo nos gustaría ver a nuestros hijos dentro de 30 años?
Se me pasaron muchas palabras por la cabeza: éxito, felices, honestos, respetuosos, decididos, etc. Fui desgranando, desgranando hasta dar forma a la esencia de aquellas palabras. Y es que realmente, como me gustaría verles es como adultos con herramientas para la vida, capaces de amarse tal y como son, de reconocerse en sus actos, de mirarse sin avergonzarse, de elegir con miedo o sin él pero elegir, de buscar hasta encontrar o encontrarse. Siendo así podrán estar más cerca de respetar y amar al de al lado, de convivir, de construir.
Y abruma todo esto. Porque esto parte de nosotros, como padres, de sus familiares, de sus educadores, referentes para ellos a lo largo de este camino.
Este trabajo, familias, empieza por nosotros. Nos hace mirarnos, reconocernos, aceptarnos, respetarnos y querernos con todo lo que somos y necesitamos.
Aliviaremos nuestra ira, nuestro enfado y malestar. Y en el camino, nos equivocaremos (muchas veces, porque este camino no tiene fin). Solo somos personas. No somos perfectos. Podemos pedir perdón a nuestros hijos si creemos que no hemos actuado bien, les mostraremos honestidad y se sentirán con el permiso de hacerlo ellos también. Somos sus referentes, sus ejemplos. Aprenden de nosotros.
Sí, la crianza consciente parte de nuestro propio trabajo personal. Ser madres y padres nos da la oportunidad de mirarnos en nuestros hijos, de reconocernos en ellos, de amarnos y amarles como son. Les estaremos ofreciendo lo mejor que lo podemos hacer. Y eso nos hará, hacerlo diferente.
Hace unos días, buscando información en la Red me topé con la publicidad de una formación online del pediatra Carlos González que comenzaba así:
"Descubrir que mis hijos me iban a querer aunque lo hiciese rematadamente mal y que me iban a obedecer aunque no lo mereciera fue algo que me cayó encima como una enorme responsabilidad. Si me van a querer de esa forma incondicional debería, por dignidad propia, hacer todo lo posible por merecerlo"
Y en ese camino andamos como padres, con nuestras luces y sombras pero conscientes y disponibles para el reto de educar.
Para una madre de día, este trabajo personal es un sustento fundamental en nuestro día a día pues los pequeños a los que atendemos, necesitan de nuestra serenidad. Sólo así podemos acompañar a los más pequeños observándoles y reconociendo sus emociones, respetándolas y dando el lugar que se merecen, aportando nuestro granito a ellos y a sus familias en la siembra de habilidades para la vida...